Capicúa

Me declaro una persona ligeramente supersticiosa, digo ligeramente porque  esta creencia no rige mi vida y porque mi padre dice que ser supersticioso da mala suerte, así que por si las moscas, no lo soy del todo. Además,  tengo una tía que se declara bruja, sí, de esas con poderes, así que sabiendo que puedo tener un gen con poderes mágicos, no me he resistido a dejarme llevar por todo este mix de gatos negros y escobas cuando desde hace una semana se me aparece el 21.12 por todos lados.

Seguramente a todos os haya pasado eso de mirar el reloj siempre a la misma hora o ver un número, una palabra o incluso un nombre por todos lados. Sí, parece algo ordinario y poco mágico, casi tan poco mágico como cuando de pequeña creía que tenía el poder de hacer cambiar el semáforo de color. Mi padre se encargó de hacerme ver que si tenía la suerte de tener poderes no era precisamente por conseguir que los semáforos cambiasen de color ya que eso se llamaba ingeniería.

Pero esta vez es diferente, todo empezó hace dos semanas en el dentista, cuando en mi informe salía algo de mis dientes 21 y 12, obviamente no le di mayor importancia, nada más allá de  una risa interna porque era capicúa. Después fui al supermercado a por mis yogures preferidos, obvio de limón, que casualmente se caducaban el día 21 del mes 12.La cosa ya pasó de la risa interna por los números capicúa a convertirse en el curioso caso del 21.12. Los motivos por mi asombro iban in crescendo cuando me daba por mirar el reloj siempre a las 21:12 o incluso a las 12:21, más tapas de yogures con el bendito capicúa, hasta que al final dije, voy a comprar la lotería el 21 de diciembre a las 12:21 (porque a las 21:12 está cerrado) y además me va a tocar.

Seguía diciéndolo cada vez que se me volvía a aparecer el 21.12, incluso esta noche he soñado con eso, que se me pasaba un poco la hora e iba corriendo a por el décimo. Pero esta mañana, estando sola en casa me he dicho: ¿dónde compro la lotería? Bah.. qué pereza, total… Y justo a las 12:10 ha venido mi padre y me ha dicho «¡vístete que ya es casi la hora!» Así como cortó por lo sano con la idea de que tenía poderes para cambiar el color de los semáforos, me ha seguido el rollo con la paranoia del 21.12, y eso fijo que también quiere decir algo.

Me he vestido corriendo, sin duchar, peinar, ni maquillar, todo por conseguir llegar a tiempo. Hemos salido de casa a las 12:21 y  hemos corrido cruzando la carretera y los 150 metros que separaban mi casa del chiringuito de la lotería y tal como he soñado, hemos llegado un poco tarde 12:22 pero ahí estaba yo comprando mi primer boleto de lotería, sonriendo como si de verdad estuviese comprando los 400.000 euros en vez de un papel (porque ni siquiera les quedaban boletos) que hacía de boleto.

Hemos salido del chiringuito repartiendo nuestra pequeña fortuna. Deberes, caprichos, familia, viajes, proyectos. Hemos disfrutado como si ya nos hubiera tocado, hemos vivido el espíritu materialista de la Navidad, pero lo hemos vivido juntos, un anticipo a ese ambiente familiar que se espera de la Navidad y por desgracia no siempre se consigue.

Cuando era pequeña, como a todos los niños la Navidad me cortaba el aliento de felicidad, no solo por los regalos, obvio que también, pero era el olor a calefacción, las castañas asadas, las luces por toda la ciudad, la gente en la calle pese al frío, los villancicos y los canelones de mi abuela. Luego crecí y bueno, ni tenía los canelones de mi abuela ni nadie se preocupaba por cultivar mi espíritu navideño, me tocaba a mi, y en vez de quedarme en el equipo rojo de Santa Claus me pasé al equipo verde del Grinch. La Navidad se convirtió en un conjunto de días festivos en los que me tocaba ir por compromiso a comer comida que no me gustaba y estudiar para los exámenes de enero.

Pero este año va a ser diferente porque después de haber pasado unas Navidades sola en un caluroso apartamento de Buenos Aires viendo Sexo en Nueva York y a mi familia reunida por skype, solo tengo ganas de vestirme de reno, cantar sobre cómo los peces beben en el río y esperar que Santa me traiga mi regalo made in Colombia.

Ah y sobre todo desearos una muy Feliz Navidad.

 

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